Por: Isidora de la Fuente R.

Es común ver en los padres un genuino deseo de querer lo mejor parasus hijos. Es así como muchos, buscan enseñarles el valor de la responsabilidad y la disciplina, ya que saben por experiencia, que eso les permitirá desarrollar sus talentos, perseverar ante las dificultades, obtener logros, etc.

Hoy los padres desarrollan la compleja habilidad de compatibilizar sus trabajos con los turnos del colegio, las diferentes actividades sociales, participación en reuniones de padres, etc; sobre-exigiéndose por cumplir bien con todo. Pareciera ser que la vida es una vorágine que no da más tiempo que para dar instrucciones. Con este panorama, los padres, agotados de responder a tanta demanda esperan, impacientes, que sus hijos con sólo decirles lo que tienen que hacer, “deberían” entender y cumplir con lo dicho.En este “vivir apurados”, muchas veces, se olvidan de lo que sus hijos y ellos mismos sienten ante una determinada situación.

Existe una creencia de que si los padres les preguntan a sus hijos qué sienten, pierden autoridad, cuando la verdad es que es todo lo contrario, ganan autoridad, ya que al mostrarse empáticos se muestran humanos y confiables para sus hijos.

El hecho de olvidarnos de los sentimientos, enlentece el logro de nuestros objetivos, ya que se genera un ciclo vicioso. Es así como puede pasar que uno le pide a un hijo que haga algo, pero éste no lo hace y esto genera rabia, impotencia e incluso descontrol en los padres. Frente a esta negativa de los hijos, la reacción de los padres va en aumento; primero reiteraciones de la instrucción, luego gritos, después palabras inadecuadas y descalificaciones e incluso podría haber golpes. Ante situaciones como ésta, probablemente nos sintamos frustrados, enojados y culpables por nuestra reacción.

Puede ser útil y beneficioso el PARAR para avanzar. Esto significa detenerme antes de dar una instrucción y notar cómo me siento (animado, cansado, apurado, enojado, etc.), esta breve pausa, me permitirá saber con cuánta energía cuento y cuál es mi estado de ánimo al momento de dar una instrucción y poner límites (por ejemplo, pensar en esto en el camino del trabajo a la casa). Lo mismo, esta pausa permite que puedas imaginarte cómo se siente tu hijo (ej. Si está viendo TV estará entretenido).

Si bien este proceso puede ser difícil al comienzo, ejercitando se va adquiriendo la destreza. Les  dejo algunas reflexiones que he visto funcionan, y que podrían ser útiles en este camino:

 

  1. Reconocer

Identificar lo que siento y/o lo que siente el otro. A veces, esto resulta difícil porque cuesta darse cuenta de lo que uno mismo siente o no sabe lo que siente el otro.

Reconocer los sentimientos es algo que me permite actuar con libertad, aun cuando a veces, puede resultar difícil.

En el caso de los niños, se les puede preguntar directamente qué sienten. Cuando son muy chicos, debido a su menor uso del lenguaje y menor capacidad de abstracción, necesitan que los padres los ayuden a poner en palabras lo que están sintiendo. Ej. Papá: “Pedro, veo que estás enojado porque no te resultó el juego”; Mamá: “Laura, me da la impresión de que estás triste porque te reté”.

Reconocer que sentimos un determinado sentimiento puede generarnos incomodidad, vergüenza, culpa, etc., es decir, puede no gustarnos sentir lo que estamos sintiendo.

 

  1. Validar

Es aceptar que yo (y/o el otro), tiene un sentimiento determinado aunque, racionalmente, nos parezca ilógico, exagerado, incomprensible. Este punto puede ser especialmente controversial, porque a veces cuesta ponerse en el lugar del otro. Ej. Padre: “Luis, entiendo que te puedas sentir triste porque no te eligieron a ti para el partido”.

*Es importante recordar que los sentimientos son subjetivos, propios de cada persona, involuntarios y no son ni buenos ni malos. Lo que hago con ellos es lo que entra en un juicio, por eso es importante aprender a manejarme con ellos.

 

  1. Mantener la instrucción, validando el sentimiento

Validar el sentimiento del otro, no significa que tenemos que hacer lo que el otro quiere o siente, sino que estamos buscando empatizar con el otro para lograr su colaboración; le estamos comunicando que nos importa lo que siente.

Cuando acogemos nuestros propios sentimientos, nuestra actitud y disposición es diferente; nos permite mayor claridad y libertad para actuar. Asimismo, permite que nuestros hijos aprendan a ser independientes y autónomos no sólo en las cosas que hacen sino, que también en el manejo de su mundo emocional. Al incluir los sentimientos, el adulto está enseñando también al niño, a cómo ir manejando sus emociones, especialmente las más difíciles como la rabia, frustración, enojo.

Aprender a acoger los sentimientos es un camino, un nuevo lenguaje beneficioso tanto para padres como para hijos. Se aprende a través de varios intentos… aprender a reconocer y validar nuestros propios sentimientos como padres es empalizar con uno mismo, para luego poder empalizar con el otro (hijo). 

 

Isidora de la Fuente R.

Psicóloga Clínica

Contacto: midelafuenter@gmail.com

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