Por: Javiera García- Huidobro A.

Bernardita Rivera G.

Es mucho lo que se opina y comenta sobre “lo trans” en la infancia, sobre todo ahora que se han visibilizado ciertos casos. La verdad es que aunque se hable del tema, mucho es especulación, prejuicio y desinformación. Para nosotros los psicólogos es también un tema importante y relativamente nuevo. Es más, es un tema desafiante que atañe la salud mental de nuestros niños y que nos interpela como sociedad en el respeto y tolerancia a lo más diverso. Por lo mismo, escribimos esta columna informativa con ciertos consensos que hemos podido recopilar en base a estudios, investigaciones, bibliografía, testimonios y seminarios.

Lo primero es aclarar que el “sexo” y el “género” son dos conceptos que no necesariamente van de la mano. El “sexo” refiere a la presencia de genitales y órganos reproductivos determinados por la presencia de X o Y en nuestro genoma, es decir, a la biología. El género es un concepto cultural que se construye en base a esta biología, por ejemplo, “los hombres no lloran”. En la mayoría de los casos, conforme al desarrollo del sujeto, se produce una sintonía entre ambos conceptos, que es cuando se construye lo que se ha llamado “identidad de género”, esto es, de cómo el sujeto se siente y vive internamente en relación al género que se le ha sido asignado al nacer. Aprovechamos de recalcar que la “identidad de género” no es una decisión, es una vivencia, una convicción profunda que aparece tempranamente en el desarrollo del niño.

La vida nos ha demostrado que es posible que un niño varón pueda sentirse como niña (o viceversa). No tenemos aún claridad de los factores que intervienen en esto, pero es un hecho que los niños trans sí existen. Muchos padres han comenzado a preguntarse por la “normalidad” de las conductas de sus hijos respecto de su género. Algunos, más angustiados que otros, consultan buscando respuestas a lo que viven como un desajuste entre el sexo y la identidad de género de sus hijos: “Mi hijo quiere disfrazarse de princesa” “Mi hija no tolera los vestidos”.

Desde este lugar, queremos enfatizar que no todo desajuste o conflicto respecto del género es signo de ser transgénero. Estamos acostumbrados a categorías de género binario que excluyen posibilidades intermedias; cuando en realidad hay tantos tipos de “ser hombre o ser mujer” como sujetos en el mundo. La gran mayoría de los sujetos llamados “normales”, sobretodo en la infancia y la adolescencia, se han sentido, por lo menos alguna vez, incómodos respecto de las categorías y roles de género que les han sido impuestos desde su biología; esto va desde la imposición de un largo de pelo a la “exclusión” de ciertas carreras.

Es propio de la infancia, y sobre todo de la adolescencia, que los niños puedan transitar entre distintos lugares de identificación, buscando quienes son, qué les resulta propio y qué les hace sentido. No se trata de que se pueda ser cualquier cosa, abrir el abanico de posibilidades no va a cambiar lo que ya son, sólo les va a mostrar que hay lugar para todos en el mundo.

Ser trans implica una convicción y vivencia profunda y permanente de no ser quien la biología y la sociedad te dicen que debes ser. Los niños trans sufren, viven una angustia intensa y presentan sintomatología variable. La marca de este sufrimiento es lo que los manuales de psiquiatría han denominado “disforia de género”. La disforia en el caso de los niños trans es tan intensa, profunda y permanente que, sumada al rechazo social, produce un nivel de sufrimiento y aislamiento considerable. Los últimos estudios señalan que el 41% de los niños trans que no han sido acompañados, se suicida.

Queremos compartir algunas conclusiones o consensos respecto del tema:

  • Hay ciertas condiciones que deben aparecer para declarar a alguien o declararse transgénero. La principal tiene que ver con la disforia (el malestar respecto del género asignado) profunda, constante e histórica que se produce entre el sexo biológico y lo que se ha llamado el sexo psicológico.
  • Ser transgénero es una condición, no es ni moda ni capricho. Y no sólo eso, es una condición dolorosa y difícil de enfrentar tanto para el niño como para su familia y su entorno. Realizar un tránsito de género (de hombre a mujer o viceversa) es un proceso complejo tanto psíquica como socialmente. Es muy poco probable que se emprenda ese camino si no se está completamente seguro de realizarlo; es difícil que una familia decida acompañar a su hijo/a si no consideran que es la única vía de ver a su hijo/a tranquilo/a y feliz.
  • La disforia suele empezar tempranamente. Como todo niño, a los 3 – 4 años, llega la hora de definir gustos e intereses. Aparece el “mio”, el “tuyo”, hitos psíquicos que van a la par del “soy niña” “soy niño”. A los 5 años un niño transgénero nacido varón se siente como niña del mismo modo en que un niño no trans nacido varón se siente como niño. Preguntémonos nosotros mismos a qué edad estábamos seguros de que éramos hombre o mujer.
  • Existe un amplio espectro dentro de los conflictos respecto de la identidad de género. Los matices varían desde mínimas expresiones del “rol de género”, vale decir, niños y niñas que se sienten más a gusto con juegos, dibujos animados, colores o incluso algunas vestimentas que tradicionalmente han sido ligadas a el género opuesto; hasta la compleja sensación de no poder ser quien realmente se es, como ocurre en el caso de los niños transgénero.
  • Dentro de este espectro pueden existir “confusiones de identidad de género” que presenten un mayor grado de “disforia” pero que no necesariamente evolucionen a un tránsito de género. Se ha documentado que existe un porcentaje de niños con “disforia de género” que, llegado el inicio de la pubertad y los cambios hormonales, encuentran una sintonía entre el sexo biológico y el sexo psíquico. En este porcentaje de niños no se hace un tránsito al género opuesto, pero pueden permanecer ciertos conflictos respecto del género asignado. Estos NO son niños transgénero.
  • Desde el tratamiento endocrinológico, hay dos momentos: el primero es la detención de la pubertad, un proceso completamente reversible; y el segundo es la administración cruzada de hormonas, el cual es un proceso no reversible. Un tercer momento de intervención médica sería la operación quirúrgica del cambio de sexo biológico que llevaría a la transexualidad. Debido a lo anteriormente expuesto respecto de la pubertad, esta operación quirúrgica no debiese realizarse antes de los 16 años. Para acceder a dicha operación es crucial que la disforia sea histórica, constante y estable en el tiempo.
  • En el caso de los niños, se es transgénero desde antes que los padres puedan detectarlo. En este sentido, enfatizamos que se es trans del mismo modo en que no se es trans. Actualmente aún se mantienen ciertas prácticas destinadas a revertir la condición transgénero. El resultado es un niño socialmente más adaptado, pero el costo es su sanidad mental y su propia felicidad.

Por último, recordarnos a todos que un niño trans es mucho más que un niño trans. Es una persona que como todas necesita cariño, contacto, aceptación. Un niño que debe aprender en el colegio, que debe poder jugar, tener amigos y equivocarse como cualquier otro. El trabajo con los niños trans es largo y multidisciplinario; necesita acompañamiento psicológico y psiquiátrico. Dado el caso, apoyo endocrinológico y cirugía. Requiere de buenas prácticas y de buena voluntad. Ser transgénero no es contagioso, no es una perversión ni nada que se le parezca. Ser trans es una identidad y una convicción profunda que, como todas, merece todo nuestro respeto y aceptación.

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